lunes, 20 de agosto de 2007

Film venezolano denuncia los crimenes del aborto

Para Ecuavisa, la producción nacional es de suma importancia, al igual que el apoyo a la producción latinoamericana.
Es así como Venezuela llega a las pantallas cinematográficas ecuatorianas con 13 segundos, un impactante largometraje cuyo título hace referencia al tiempo aproximado que un nonato puede sobrevivir fuera del vientre materno. La película presenta una historia donde la realidad y crueldad se fusionan para mostrar uno de los casos más frecuentes de la sociedad actual: el aborto.Durante el fin de semana de su estreno en Venezuela “13 segundos” batió récords convirtiéndose en la película venezolana más taquillera durante sus primeros tres días de exhibición en todo el territorio nacional, y en tan sólo una semana, se convirtió en la película más taquillera producida en este país.Escrita y dirigida por Freddy Fadel, y protagonizada por un selecto reparto actoral, el film muestra por primera vez en el cine a escala internacional, escenas reales y científicas del aborto a través de un estremecedor relato inspirado en hechos reales.
Sin saberlo, cinco bebés están en el borde de la vida y la muerte. Sus madres deben decidir si las criaturas que llevan dentro podrán o no continuar su camino y sólo ellas tendrán esa respuesta. Claudia, interpretada por Gabriela Vergara, es una ejecutiva que da todo por su carrera; Luisa (Daniela Alvarado), la hija sumisa e insegura que deberá hacer lo que su madre Teresa (Carmen Julia Álvarez) una mujer fría e implacable le ordena; Lorena (Nohely Arteaga) madre y esposa dedicada; Mercedes (Lourdes Valera) junto a su esposo Alonso (Roberto Lamarca) lleva 12 años buscando desesperadamente un hijo; Daniela (Sabrina Seara), una adolescente enamorada y manipulada por el novio y María (Rossana Fernández) una joven humilde presionada por la necesidad de su familia y el trabajo que pasa su madre Caridad (Gledys Ibarra).
Con escenas reales de fetos dentro del vientre de la madre -tomadas con una cámara especial única en Venezuela, de las cuales sólo hay ocho en el mundo-, la película entrelaza las cinco historias develando el brutal mundo del aborto y marca el proceso y la decisión de estas mujeres que renuncian a sus hijos. Grabado enteramente en la ciudad de Maracay, el largometraje contó con el apoyo constante de especialistas en ginecología y obstetricia, quienes colaboraban con los conocimientos médicos durante el rodaje.A través de casos singulares, “13 segundos” desnuda, de forma cruda, el sórdido mundo del aborto, y refleja un problema que miles de mujeres viven en el mundo. En la película, la intensidad de cada historia sucede paralela a la otra, con un desenfrenado ritmo dramático y una reflexión punzante que nos comprometerá a respondernos si seríamos capaces de negociar con la vida.
Avances y videos promocionales de la película en el sitio web del film a través de la dirección electrónica: http://www.13segundos.com/

domingo, 5 de agosto de 2007

La hipócrita actitud del gobierno venezolano sobre el aborto


Algunas reacciones a la aprobación del artículo 44 del nuevo texto constituyente, donde se establece que "el derecho a la vida es inviolable" (y no se aclara que esta inmunidad pesa desde el momento de la concepción), harían pensar que los legisladores están proponiendo que el aborto sea obligatorio en lo sucesivo. Tan encrespadas han sido algunas respuestas y tan perplejos se muestran algunos ante la redacción mencionada que diera la impresión de que en nuestro país nadie ha interrumpido voluntariamente un embarazo, que si esto ha ocurrido muy pocos estaban al corriente y que será la nueva constitución la que fundará la tradición del legrado.

La verdad es que en Venezuela hay mucha hipocresía y mucha disposición para salir en plan "adalid de la justicia" sin tomar en cuenta esa minucia que es la realidad. Y la realidad apunta a que, aún cuando está vigente la penalización del aborto, en Venezuela se interrumpen los embarazos en cifras que el Estado ignora pero que son tan elevadas que constituyen un problema de salud pública. La propia viceministra de Salud, Ana Elisa Osorio, ha afirmado que alrededor de 20% de las muertes de mujeres paridas se deben a sepsis producto de abortos chapuceros. Esto significa que no llevamos la cuenta de los abortos que se realizan diariamente en el país... pero sí de los decesos que su práctica marginal produce. Esto significa, pues, que por un lado van las leyes y los discursos de los legisladores y de los indignados... y por el otro, muy otro, va la realidad, ese carromato cargado de abortos clandestinos, mujeres desangradas, abortos en clínicas, mujeres anestesiadas, abortos perpetrados con tenedores oxidados... mujeres muertas.

En Venezuela se está abortando con ley, sin ley, con discursos y sin discursos. No es un artículo de la Constitución ni una frase fotogénica los que van a interrumpir lo que ya es un ejercicio cotidiano. Eso no lo están inventado los legisladores ni lo van a detener los denunciantes. Y también salen sobrando las monsergas de algunos que se creen propietarios exclusivos del denuesto contra el aborto. La verdad es que el aborto no es un acto de vandalismo sino de desesperación, de dolor, de espanto. A todos nos horroriza el aborto (a las mujeres más, por cierto, dado que el roto, la estampida nocturna, la nana del aullido, el nudo en la garganta obran en nuestro cuerpo. Solamente en el cuerpo de la mujer... no en el rictus que desaprueba, no en el índice que acusa, no en el puchero del escándalo).

El aborto es el horror. El horror muchas veces transitado, convengamos pues. Y también es un negocio. En eso tienen razón quienes acusan a la Constitución de abrir una hendija al horror. Cuando no se realiza en el ámbito de los métodos caseros, de la ferretería de la improvisación y de la mesa del comedor, el aborto es un negocio. Como son un negocio el nacimiento, la muerte y casi todos los Sacramentos. Cuando no se procede con tijeras, con ganchos de ropa y con unos trapos viejos, el aborto es un negocio. Como lo son los partos en las clínicas, los ritos del adiós en las funerarias y la panoplia de la celebración en los bautizos y en las bodas. Tremendo negocio. En dinero y en figuración.

jueves, 2 de agosto de 2007

La leyenda de las Walkirias


En la mitología germánica las Walkirias, Walkyrias o Valquirias son doce divinidades femeninas semejantes a las amazonas griegas, hermosas y guerreras.Como diosas de la guerra escogían a los combatientes que morirían en las batallas y que morarían el Walhalla (Paraíso de los guerreros), decidiendo además la suerte de las batallas. Se las representaba como vírgenes audaces que cabalgaban por el aire, presenciando los combates que ellas arbitrarían. Conviene aclarar que estaban subordinadas al dios supremo Odín o Wotan. Por ende, sus decisiones en última instancia correspondían a la voluntad de la divinidad máxima del panteón germánico.
Las Walkyrias eran presentadas generalmente como hijas de Odín, habitaban el Walhalla y escanciaban el hidromiel y la cerveza entre los héroes recompensados por sus hazañas terrenas.La voz Walkyria proviene del germánico walkyrien, que significa literalmente "elegir entre la matanza" y traduce de manera precisa la función selectiva de estas deidades. Se trata de un compuesto formado por el sustantivo wal (matanza) y el verbo küren (elegir). Los nombres de las Walkyrias se relacionan con la actividad bélica. Poe ejemplo, Brunilda, una de las más famosas, significa "armadura" y "combate". Mayoritariamente tenían origen celeste pero a veces muchachas de estirpe noble eran acogidas en vida como Walkyrias (como Brunilda en la leyenda de los Nibelungos) y otorgaban en ocasiones su amor a héroes famosos.
Por su influencia en la suerte de los combates, fueron a veces confundidas con las Nornas de la mitología nórdica. Estas eran tres deidades que regaban las raíces del árbol cósmico Iggdrasil -el eje del mundo- y determinaban el destino de hombres y dioses. Las Nornas eran deidades principales y las Walkyrias, secundarias.El célebre compositor Richard Wagner compuso un drama musical en tres actos (1870) que lleva el nombre de estas divinidades. El drama de las Walkyrias constituye la primera parte de la tetralogía "El anillo de los Nibelungos".
El Walhalla germánico recuerda a los Campos Eliseos de la mitología griega, una de las partes en que estaba dividido el mundo subterráneo o Hades (Infernus en latín, significando inicialmente "propio de las regiones inferiores/ de abajo/ inferior"). Walhalla, Valhalla, Walholl o Valholl se traduce como "pórtico o palacio de los guerreros". Aparece situado en el Gladsheimour o Gladheim ("hogar o mundo de la alegría"), el sitio donde recalaban los héroes muertos en combate. Las palabras inglesas glad (feliz, alegre, contento) y home (hogar) derivan de esos dos términos germánicos que aparecen en Gladheim.Este palacio tenía 540 puertas (cifra múltiplo de 12) y estaba repleto de aparejos bélicos.
Las paredes y el suelo estaban cubiertos de escudos, espadas y corazas, y los huéspedes hacían continuo uso de ellos, ansiosos de que llegara el momento de luchar contra el lobo Fenris. Las heridas provocadas por los combates curaban allí milagrosamente.Tras las luchas venían los festines presididos por Odín y servidos por las bellas walkyrias. Allí se bebía el líquido que manaba de la ubre de la cabra Heidrun y se comía la carne del jabalí Sherimonir, que se renovaba todos los días.

miércoles, 11 de julio de 2007

lunes, 9 de julio de 2007

Magda Goebbels, la aristocracia aria


Vivió aceleradamente. Superó en todo a su segundo marido: en belleza, en talento y hasta en lealtad al Führer. Se casó dos veces, aunque su único amor verdadero y platónico fue Adolf Hitler, por quien terminó suicidándose en el jardín del búnker. Dio a luz a su primer hijo con sólo 20 años, y envenenó a los seis restantes con 44. Era malvada y superficial, de carácter inquebrantable y afilado instinto. El Tercer Reich no hubiera sido el mismo sin ella.

A finales de 1901 una joven criada berlinesa llamada Auguste Behrend alumbraba a una niña fruto de una relación con un hombre desconocido. Le dieron bautizo católico, el apellido de la madre y una hermosa ristra de tres nombres: Johanna Maria Magdalena. Al poco, su madre se casó con un rico industrial, Oskar Rietschel, que tomó especial cariño a la recién nacida. La convivencia entre Auguste y Oskar se estropeó en apenas tres años y se divorciaron. Auguste, que era joven y bien parecida, encontró a otro hombre, un restaurador judío de nombre Maximilian Friedländer.

Adoptada por Friedländer, fue reclamada por su "otro" padre, Rietschel, que se había trasladado con sus negocios a Bruselas. Fue internada en un convento de ursulinas, y sólo el estallido de la Primera Guerra Mundial truncó la pía pero tremendamente aburrida formación que Oskar Rietschel había reservado para su hija. De vuelta en Berlín, ingresó en el instituto, primero, y en el prestigioso internado Goslar, después. Su relación con Rietschel era inmejorable por aquel entonces, tanto que abandonó el apellido de su padre adoptivo para tomar el de su padre primero.

La joven Magda Rietschel era un dechado de buenas virtudes. Guapa, estilosa y cosmopolita. Hablaba francés con fluidez, su educación era esmerada y sentía una gran seguridad en sí misma. Tanta bondad no podía pasar desapercibida ante un hombre como Günther Quandt, uno de los más ricos de Alemania, con quien coincidió en el compartimento de un tren a mediados de 1920. Seis meses después ya se había casado con él.

Para Quandt, cercano a la madurez, su matrimonio con la joven y refinada Magda era un símbolo externo de distinción, la corona de laurel con que muchos triunfadores se adornan llegados a cierta edad. Magda, sin embargo, no deseaba ser un florero al servicio de su acaudalado marido. Once meses después de la boda vino al mundo su primer y único hijo, Harald Quandt, y ahí se acabó la gasolina del matrimonio.

La vida social de los Quandt no era muy excitante. Günther trabajaba mucho, y sólo tenía a su esposa para exhibirla de tanto en tanto y para que le acompañase a sus viajes de negocios. Más que un marido, Quandt era un padre –el tercero– para la pizpireta joven. A falta de motivaciones mejores, Magda se dedicó a cultivar la alta sociedad berlinesa y a hacerse un nombre entre las damas que pintaban algo en los círculos burgueses del Berlín de entreguerras. El aburrimiento, sin embargo, es mal compañero para casi todo, y heraldo de malos augurios cuando se cuela entre dos cónyuges.

En 1928 Magda, que languidecía junto a un cincuentón en un barrio alto de Berlín, conoció a alguien de su edad, vigoroso, idealista y consagrado a la acción. Se trataba de Jaím Arlosoroff, judío de origen ruso, nieto de un rabino y militante convencido del sionismo. Comenzó entonces una atormentada relación amorosa entre ambos que dio la puntilla al matrimonio de Magda. Quandt la puso de patitas en la calle, aunque, para evitar un escándalo que poco podía favorecer a la familia, dejó que se llevase al niño y asignó a ambos una generosa pensión.

No mucho después del divorcio, durante la campaña electoral de 1930, Magda se dejó caer por un mitin del Partido Nacional Socialista en el Palacio de los Deportes de Berlín. Desde ese momento su vida daría un giro radical. El orador principal era un tal Joseph Goebbels, un dramaturgo fracasado de aspecto enjuto, pequeño, de cabello oscuro y ojos castaños que arrastraba decidido su pierna izquierda, embutida en una prótesis de metal, a causa de una enfermedad infantil. Era la antítesis ambulante de lo que predicaba su propia propaganda.

Magda quedó sobrecogida por la parafernalia del acto, mística y brutal, de violencia contenida y emotividad a flor de piel. Al poco corrió a afiliarse en el partido, y, gracias a su buena formación y a las artes que había desarrollado en los mejores salones de Berlín, supo ascender hasta las oficinas del cuartel general. Una vez allí se puso al servicio del hombre del discurso, de Joseph Goebbels, tan deforme como libidinoso. "Una hermosa mujer llamada Quandt está haciéndome un nuevo archivo privado", escribía en su diario aquel otoño de 1930. Goebbels, que no era aun ministro sino un simple gauleiter (jefe del partido) en Berlín, daba una extraordinaria importancia a la información. Mantenía un archivo detallado de todo lo que sobre él y sobre el partido nazi se decía en el extranjero. Magda, que hablaba idiomas, pronto se hizo imprescindible… en todo.

El cortejo fue corto pero intenso. Con la precisión de un tesorero, Goebbels tomaba nota de todos sus encuentros amorosos, y de las ideas que le iban pasando por la cabeza. Magda, astuta y conocedora del frágil material con que habría de trabajar, dejó que el gerifalte nazi se obsesionase, hasta asegurarse de que sólo pensaba en ella. Le consumió por agotamiento. "Voy a dejar las historias de mujeres y dedicarme por entero a una", apuntaba en el diario meses después de haber conocido a Magda.

La ambiciosa berlinesa estaba consiguiendo su objetivo. Mantuvo durante un tiempo la relación con Jaím Arlosoroff y se preocupaba de que Goebbels lo intuyese, sospechase que, tras ella, se escondía un agitado pasado sentimental. Esto espoleaba los celos del jerarca, acostumbrado, por otra parte, a despachar sus urgencias íntimas con jovencitas, actrices y militantes del partido, sobre las que ejercía una suerte de poder incontestable, feudal, como casi todo en la Alemania nazi.

En diciembre de 1931, menos de un año y medio después del mitin en el Palacio de los Deportes, Magda accedió a las súplicas de su amante nazi y se casó con él. La boda se celebró, curiosamente, en una propiedad que la familia Quandt poseía en Severin. Pero a quien la intrigante divorciada perseguía no era a Goebbels, sino a Hitler, por quien sentía una admiración rayana en el delirio.

La relación privada entre Magda y Hitler es un misterio; hasta hay quien asegura que llegaron a ser amantes formales. "También amo a mi esposo, pero mi amor por Hitler es más fuerte, por él estaría dispuesta a dejar este mundo", confesó a Leni Riefenstahl en cierta ocasión. Aparte de esta confidencia a la genial cineasta del Reich, no hay datos que sustenten el amorío; y, puestos a inventar, tal fue la influencia y el poder que llegó a alcanzar aquel hombre, que cualquier dama del Tercer Reich podría haber sido su amante.
Los meses previos a la toma del poder, Hitler pasó largas temporadas en Berlín. Sus anfitriones eran, cómo no, los Goebbels, que abrían de par en par las puertas de su casa, en el privilegiado barrio de Reichskanzlerplatz. La otrora dama de la sociedad burguesa y decadente se había convertido en el ama de casa nacionalsocialista ejemplar. Preparaba diariamente el almuerzo para Hitler, y se lo hacía llevar en una tartera al hotel donde residió durante aquel año el aspirante a canciller. Por las noches, la cúpula del partido se reunía en la mansión de Goebbels. La galería de monstruos que haría tristemente célebre al Tercer Reich pasó por aquella casa: el obeso Goering, el homosexual Röhm y el despiadado Himmler, que aún se conformaba con la jefatura de las insignificantes SS, desfilaron por el salón de Magda, y disfrutaron de sus guisos y atenciones.

Magda cocinó para todos, a todos les dio conversación. Las veladas en Reichskanzlerplatz se alargaban hasta primeras horas de la mañana. Los futuros dueños de Alemania hacían y deshacían planes anticipando el final de la marchita República de Weimar.

Sus pronósticos se hicieron realidad mucho antes de lo previsto. El último día de enero de 1933 Hitler recibió el encargo de formar gobierno. Era la inauguración formal de la Alemania nazi, el régimen más tenebroso y genocida de cuantos ha parido la mente humana. Con permiso del soviético, claro.

El matrimonio Goebbels estaba en primera línea para paladear las mieles del triunfo. Él era nazi desde los tiempos heroicos; ella, desde hacía sólo tres años. Ambos eran los esclavos preferidos del Führer. Joseph soñaba con el ministerio de Educación y Cultura, para recrear en la práctica sus desvaríos propagandísticos. Hitler no se lo concedió; le dio algo mejor: un caramelo creado ad hoc para él: el Ministerio de Información y Propaganda.

Ya como ministros del Reich se a mudaron a un hogar a la altura de su gloria personal, al palacio del Príncipe Leopoldo. Para el verano, las autoridades de Lanke, en el lago de Bogen, le regalaron otro palacete de estilo prusiano. Magda ordenó adecentar el lugar hasta convertirlo en un complejo de cinco edificios, uno de los cuales tenía 21 habitaciones dotadas de avances tales como aire acondicionado o persianas accionadas por un motor eléctrico, algo inaudito para su época. El ministro se hizo construir un castillo privado, en el que ni su esposa podía entrar. Lo utilizaba como despacho, tapizado por completo en rojo, y para recibir a sus amantes ocasionales. Las extravagancias de Goebbels no fueron una excepción. Ni el Kaiser ni ningún rey de Prusia se habían rodeado de tanto lujo y derroche como lo hicieron los cabecillas nazis.

Hitler, consagrado por entero a la labor de transformar Alemania en un invencible imperio que durase mil años, no contrajo matrimonio hasta poco antes de su muerte. Magda rivalizó con la novia del Führer para erigirse como la primera dama del régimen. Lo consiguió, y por sus propios méritos. Era ubicua en las fiestas y celebraciones que jalonaban el calendario del partido y, a la vez, inició una incesante actividad paridora. Entre 1932 y 1940 tuvo seis hijos, casi a uno por año. Helga, Hildegaard, Helmut, Holde, Hedwig y Heide, todos sus nombres empezaban por hache, de Hitler. El Führer se lo supo recompensar otorgándole la Cruz Honorífica de la Madre Alemana.

El estallido de la guerra no menguó su ánimo. Atrás quedaban los fastos de tiempos pasados, en los que ejercía de anfitriona de multitudes. Con ocasión de la Olimpiada de Berlín recibió a más de tres mil invitados, con los que se exhibió como la cara femenina del nazismo. Rubia, distinguida, políglota y celosa madre y esposa. Toda Alemania, y buena parte del extranjero, sucumbió a sus encantos. En los años difíciles, lejos de venirse abajo, se dejaba ver con su marido entre las ruinas de los bombardeos aliados, consolando a las madres desencajadas que acababan de perder a sus hijos entre los escombros. Se cuenta que, en los meses finales de la guerra, a los invitados a su palacio les exigía los cupones de racionamiento. El hundimiento estaba cercano, la corrupta y asesina nave en la que se habían embarcado los nazis estaba a punto de naufragar.

El 22 de abril de 1945, con el Ejército Rojo a las puertas de Berlín, los Goebbels solicitaron permiso a Hitler para acompañarle al búnker. Éste, en reconocimiento por la inquebrantable lealtad que le había brindado, se arrancó de la solapa la insignia de oro del partido y se la entregó a Magda. Ese sería el punto culminante de su carrera, y la antesala del drama. El 28 de abril se encerró en su cuarto del búnker y escribió a su hijo Harald, que servía en la Luftwaffe:

"Nuestra espléndida idea se hunde, y con ella todo lo que de hermoso, admirable, noble y bueno he conocido en mi vida. El mundo que vendrá detrás del Führer y el nacionalsocialismo no merece la pena ser vivido, y por eso he traído a los niños".

Dos días después Hitler se descerrajó un tiro y puso punto y final a su vida, a su espantoso régimen y a la guerra mundial que él mismo había iniciado. Magda, fría como un témpano, se encerró en una habitación con sus seis hijos. Les administró un somnífero y una inyección letal. Al sueño le sucedió la muerte. La mayor tenía doce años, la menor no había cumplido los cinco.

Horas después, Goebbels se dispuso a inmolarse junto a su esposa en el jardín del búnker. Se vistió con parsimonia, ajustándose con decisión la gorra de plato color caqui, y subió hasta la superficie con varios guardias. Las órdenes eran estrictas: tras el suicidio, sus cuerpos debían ser incinerados, para que los rusos no pudiesen exhibir sus cuerpos como trofeo. El ministro se pegó un tiro, Magda ingirió una cápsula de cianuro.

Punto y final. Magda Goebbels, nacida Behrend, adoptada como Friedländer y Rietschel y divorciada como Quandt, había dejado de existir. Sus restos fueron encontrados por los soldados rusos, y enterrados en los jardines del cuartel general del KGB en Magdeburgo. Un cuarto de siglo después, fueron exhumados y reducidos por completo a cenizas, que fueron esparcidas en el río Elba. Ni en sus peores sueños hubiera podido imaginar un final semejante.


Diaz Villanueva

sábado, 7 de julio de 2007